jueves, 8 de enero de 2015

La vida es bella.

A lo largo de nuestra vida no son pocas las veces que sufrimos golpes, unas veces se quedan en unos simples rasguños, pero en otras la herida puede ser una pérdida que desgarra el corazón y te parte el alma, para éstas últimas, no es fácil la cura y en cualquier caso la cicatriz está garantizada.

Unas veces las heridas son pequeñas y otras grandes, pero siempre las hay. Mientras tanto la vida sigue su curso, ya sabemos que tiene un principio y un final, al menos en tierra, pero eso no mitiga el dolor por el afecto perdido o el cariño arrebatado. Ante esa pérdida ya sólo nos queda el recuerdo que lo inunda todo, el espacio, el día y también la noche. Tratamos de convencernos de que hay que tirar para adelante, y es verdad, las personas que están a nuestro alrededor se encargan de recordártelo cada vez que te ven y seguro que hacen bien, cuando te indican el camino correcto es más fácil.

Las personas más íntimas, con quien se comparte mesa, mantel y afecto a diario o que te han demostrado que en los peores momentos siempre están ahí. Te miman, te ofrecen además del sendero, el medio de trasporte, la alfombra roja, incluso sus zapatos, aunque eso signifique que ellos tengan que ir descalzos. Es ahí cuando se facilita que nuestra fortaleza aflore y no caigamos derrotados por la pena, soy consciente de que no es fácil, el dolor es hondo, muy hondo, pero tampoco podemos consolarnos con una derrota segura como si no hubiera otra salida, la hay, vaya que la hay, a veces está escondida, detrás de esa maraña de negros nubarrones que todos hemos vislumbrado alguna vez, incluso cuando el optimismo lo tenemos por bandera, esos nubarrones siempre nos acechan, merodean para al final aparecer, nadie se escapa de ellos, pero tampoco han venido para quedarse eternamente, esos nubarrones también se debilitan, pierden su fuerza y dejan pasar tenues rayos de sol que finalmente se convierten en un sol deslumbrante, pero por sorprendente que nos parezca, para ver el sol hay que abrir los ojos, se exige esa predisposición.

De nada sirve lastrar tu alma con lutos que mortifican tu propio bienestar y futuro, que llenan de preocupación a tus más íntimos, aquellos a los que seguramente no quisieras hacer sufrir. Que la vida te produzca heridas, no debe implicar un esfuerzo inusitado por impedir su cicatrización. Esa flagelación del alma te llevará a perderte momentos extraordinarios que alrededor tuyo se están produciendo.

Que ninguno de nosotros seamos el centro del universo, no significa que no tengamos nuestro poder y ámbito de actuación, fundamentalmente, ante nosotros mismos, algo que con frecuencia olvidamos, prefiriendo exigir a los demás lo que no nos atrevemos a exigirnos a nosotros mismos. No debemos olvidar la potencialidad que tenemos y que no nos atrevemos a aflorar en la mayoría de los casos por el miedo a fracasar o no satisfacer los deseos de los demás, algo que lamentablemente nos puede paralizar, el “qué dirán” tiene un efecto hipnótico que condiciona nuestro futuro, como no nos enfrentemos a ello nos convertiremos en títeres.

Profundizar en el saber es alimentar la razón, es condición imprescindible para seguir tú propio camino y vencer tus miedos, es caminar ante la adversidad, enfrentarse al futuro es una pasión y aprender del pasado es ganar sabiduría. Ser creativo y original sin caer en la insensatez es gratificante y admirable. Llenarte de los recuerdos de las personas que has querido, es mantenerlas vivas en tú corazón, sin que ello se convierta en una obsesión, todos estamos de paso. Aprovechar el presente, es simplemente no arrepentirse en el futuro. Caer en el error es humano y no tiene porqué ser una tragedia, es nuestro compañero inseparable del que tenemos que aprender. Distinguir la importancia de las personas y la de las cosas y situar cada una en su justa medida es necesario para ser realmente feliz.

La vida en la tierra tiene un final y hay que aceptarlo, quizá la mayor equivocación que cometemos es no disfrutar y hacer disfrutar a nuestros allegados en el tiempo presente, pues de nada sirve postergar las buenas obras o intenciones. Lo mejor de todo es que de nosotros depende nuestra actitud, en muchos casos se pueden buscar disculpas o subterfugios para justificar nuestra salida del camino apropiado, pero con el corazón en la mano de poco sirven dichos malabares. La vida es para disfrutarla, para ser felices y hacer felices a los demás, que ya sabemos de antemano cual es el final, pero eso no debe apartarnos de nuestro fin.