A lo largo de éste tiempo en el que la palabra crisis ha encabezado los titulares de todos los medios de comunicación, la sensibilidad ante los gastos difícilmente entendibles por la sociedad ha ido creciendo y parece que la desfachatez no tiene final.
Por mucho que algún político trate de convencernos de que su idea supermillonaria resolverá todos los problemas, los ciudadanos nos volvemos cada vez más escépticos y sospechamos que echará mano a la caja otra vez. Las actitudes mojigatas ante una situación de elevada gravedad no sirven de nada, pero las medidas realmente efectivas suponen erradicar la vía del bienestar a muchos que han dispuesto de los manjares que en buena ley moral no les correspondían, y eso supone el enfrentamiento con esa clase privilegiada.
Ésta clase privilegiada ha dispuesto de un enjambre de beneficios del que aprovecharse, coches oficiales, teléfonos, visas, reverencias de los sumisos… medios de comunicación para aplaudir todo lo que hace. En fin, cualidades propias de Don Fanucci en el padrino II.
Si alguien llega a hacer frente a éstos chorizos, reaccionan quejándose amargamente, da igual la ideología, sienten que su “honor” ha sido mancillado… ¡cómo me van a quitar el teléfono oficial!, ¡el coche! ¡La televisión pública! Que traducido significa respectivamente, ¿cómo demonios llamo ahora sin que me cueste un solo euro?, ¿No sabía lo que cara está la gasolina? Y ¿Dónde voy a colocar al sobrino?
¡Bienvenidos al club de los que pagan sus necesidades y tienen al sobrino en paro! De todos modos que no se quejen más que ya han robado bastante y mientras no devuelvan lo indebidamente apropiado y pasen una temporada a la sombra, no habrán saldado su deuda con la sociedad.
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