Éste es el nombre de una mujer iraní que ha sido condenada a recibir 99 latigazos y morir lapidada. De la condena impuesta, ya ha cumplido los 99 latigazos y la lapidación no ha sido llevada a cabo por la presión internacional (grupos de derechos humanos y fundamentalmente el Ministro de exteriores inglés), pero tampoco las autoridades iraníes han asegurado que la pena capital no vaya a ser ejecutada por cualquier otro método de los que hoy se aplican en Irán.
Ésta lapidación es una de las caras del machismo más recalcitrante que existen en países como Irán, que mantiene el papel de esclava de la mujer al servicio más mezquino del hombre, ni si quiera en ésta cuestión existe igualdad entre hombre y mujeres.
La sinrazón de la discriminación hacia la mujer llega al extremo de que existen diferencias dependiendo de quién vaya a ser lapidado, un hombre o una mujer: El hombre, es enterrado hasta la cintura, y la mujer hasta el pecho. Dado que la ley iraní perdona a quien consiga escapar del hoyo, no hace falta explicar quién tiene más posibilidades de librarse de la pena.
La ley iraní discrimina a la mujer hasta el punto de que el testimonio de un hombre equivale al de dos mujeres. Siendo éste precepto una vulneración clara y evidente del más elemental derecho de la mujer.
Tanto en Irán como en otros muchos países, no quieren ver a la mujer en igualdad de condiciones que a los hombres. Prefieren tener a su mujer, a su madre, su hermanas o a sus hijas como criadas antes que verlas cómo su igual. Quieren una esclava que atienda las necesidades de los hombres y las tareas se las imponen al género femenino. La lapidación es una de las armas con la que se quiere mantener esa situación de cruel desigualdad hacia la mujer, se trata de dominar a la mujer, y si tratas de escapar tendrás que tener fuerzas para saber a qué piedras te enfrentas.
Tanto en Irán como en otros muchos países, no quieren ver a la mujer en igualdad de condiciones que a los hombres. Prefieren tener a su mujer, a su madre, su hermanas o a sus hijas como criadas antes que verlas cómo su igual. Quieren una esclava que atienda las necesidades de los hombres y las tareas se las imponen al género femenino. La lapidación es una de las armas con la que se quiere mantener esa situación de cruel desigualdad hacia la mujer, se trata de dominar a la mujer, y si tratas de escapar tendrás que tener fuerzas para saber a qué piedras te enfrentas.
Golpes que van más allá del de las piedras, esos que van al alma, sin tocar la carne, esos que bajo el efugio de la religión tratan de obligar a la mujer a cumplir lo que no se cumple en los hombres.
Esas diferencias que, por ejemplo, imponen a la mujer que se cubra de los pies a la cabeza para demostrar públicamente que se reserva para su marido, pero ¿y qué pasa con el hombre? él si puede vestir de forma que se le pueda ver el rostro y sin embargo, la mujer no. Ésta discriminación es sin duda una paradoja dentro de la religión que muestra un Dios todopoderoso e inequívocamente justo, y a su vez, pueda reconocer tal discriminación. En ningún caso tal paradoja puede darse, y la razón plausible, si de verdad se parte de un Dios todopoderoso y justo, es que obviamente no puede acometer esa distinción, y consecuentemente el problema es cómo se lleva a efecto tal “mandato divino”.
La interpretación que se hace del enviado de Dios a la tierra, se impregna de machismo que deja la sensatez, el sentido común y la razón a un lado, haciendo valer únicamente la sinrazón humana escondida bajo el paraguas de la religión para acometer atrocidades como la de intentar lapidar a Sakineh Mohamadi Ashtiani.