miércoles, 13 de octubre de 2010

La pérdida de la sonrisa.


Ayer mismo escuché en una animada e interesante tertulia de la radio pública, los datos que arrojó un estudio realizado sobre las veces que se ríe una persona a lo largo de su vida. Cuando somos bebes reímos unas 300 veces al día. Cuando se llega a la época adolescente, éste número se reduce drásticamente a tan sólo 12 veces por día y desapareciendo el número de veces que sonreímos en la vejez.

Estos datos son preocupantes, pues siempre se relaciona la felicidad con la sonrisa y por tanto, de esa relación se desprende que perder la sonrisa es perder la felicidad. ¿Y por qué perdemos la sonrisa con el paso del tiempo? Cada persona tendría uno o mil motivos: perder 5€; el llanto de un niño; la hipoteca; una discapacidad; la pérdida de un ser muy querido… la sucesión de aquellos acontecimientos vividos o experimentados nos causan cicatrices, que de una manera sempiterna conviven con nosotros. En algunos casos, no queremos desprendernos de autenticas losas que nos llevan al fondo del lodo y sin darnos cuenta estamos copando nuestra alma únicamente de malos recuerdos. Si esto sucede, es muy difícil levantar la vista para afrontar el futuro con la ilusión suficiente y entonces comienza un fallido estado de ánimo.

Con el paso del tiempo, perdemos intencionadamente la inocencia y la valentía de los niños bajo el pretexto de protegernos de todo, cuando en realidad nos convertimos en seres limitados y vulnerables. Todo ello conformando la mente bajo lemas como “la mejor defensa es un buen ataque” y ¿para qué? Matar precisamente nuestro bien más preciado: la felicidad.

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