El partido de fútbol disputado ayer entre el Barcelona y el Inter de Milán es de esos que paralizan un país, dos o tres ¡Ya nadie sabe! Unos se alegran porque el Milán gane, pero no están interesados en la victoria Milanista sino en la derrota del Barcelona. Los otros, interesados en la victoria del Barcelona para intentar ganar la copa en el mismo corazón del Madrid, el Bernabeu, asunto puntiagudo para el aficionado madridista.
Con los nervios a flor de piel, unos y los otros, empiezan a ver en cada llegada al área como una oportunidad para estar más cerca de la gloria o del infierno, todo ello según del color de la camiseta que vistan. En cualquier caso, siempre acordándose del árbitro acusándole de haber sido comprado por el contrario. Lo normal. Para todos, es un momento para dejar atrás la crisis de hoy y también la de mañana, es el momento Zen de la actualidad.
Se discrepa sin que en la mayoría de los casos se llegue a la agresión física, pues la agresión verbal es omnipresente, de alguna forma es incluso aceptada como necesaria. Eso explica que la gente salga a la calle a ver un partido al bar, en vez de estar tranquilamente en su casa viendo el partido. Todos ellos, en el bar, corren el riesgo de salir trasquilados, pero la victoria es tan dulce... esos momentos les permite estar por encima, que les merece correr ese riesgo.
Al terminar, unos agachan la cabeza al perder o animan a otros sabiendo que mañana habrá otro partido. Los vencedores, que en realidad sólo querían ver perder a su eterno rival se alegran de la herida ajena, sin importarles que ellos fueron derrotados mucho antes, pero ese momento de debilidad del contrario hay que aprovechar para que no vuelva a levantar cabeza. El fútbol es la guerra.
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